9.





































Cerró la puerta de la ducha tras el perro. Sus ojos se notaban anhelantes. A una voz, una lluvia densa y cálida hizo que la mascota gruñera de placer, mientras todos los músculos de su cuerpo se relajaban gradualmente.
«Siempre dulce. Ahora más dulce. Y ahora más vulnerable que nunca, me invitas inconscientemente a hacerte daño. Y no me apetece. A veces y sólo a veces me inspiras ternura y pienso si esta sensación templada es lo que la gente llama amor». Mientras pensaba así, Man cogió el gel y fue enjabonando a su criatura sin prisa. El pecho y la espalda sobremusculados, el sexo, sin urgencia de sexo - erótica sin tensión -, las piernas grandes como columnas, los pies, los brazos exagerados, el cuello... y le besó dulce los labios instintivamente y sin poderlo evitar. El perro parecía un cachorro sorprendido. Y Man también.

Amanecido el lunes, salía Man de su casa sin visitar antes a su mascota. Estaba molesto con él desde el episodio de la ducha el sábado noche, y no era lo único que le tenía molesto. Cuando el domingo, dos días después de recibirlo, había escuchado por fin el mail de Marlena, se cabreó tanto que la emprendió a patadas con la pantalla grande de cristal líquido del dormitorio, hasta hacerla pedazos. Y una pantalla como aquella aún costaba un dineral.
Ahora iba a reunirse con su abogado. Tenía que hallar el modo de destruir a la Diva. Quería aplastarla, matarla lentamente y sin problemas con la ley (ya había tenido bastante de eso en su vida). Quería hacerla sufrir tanto que se consumiera de dolor y acabase suicidándose del modo más horrible posible. Y quería verlo. Le encantaría que la agonía de esa zorra quedase registrada en hologramas para poder disfrutar viéndola una y otra vez el resto de su vida.



- Te invito a comer - le dijo Marlena a Borja.
Había pasado la mañana en la sede de la discográfica de éste, revisando su programa de promoción, dando una rueda de prensa, y conociendo el nuevo computador gestor de sala de grabación, el modelo experimental inteligente Positrón. Mientras se dirigían a un restaurante machobiótico cercano, Borja volvió a sacar el tema:
- Ya lo has visto, Positrón puede hacer todo lo que tu Eddie y mucho más, con la ventaja de que es mucho más cómodo y operativo: no procesa tus órdenes, sino que las entiende. No quiero parecer un vendedor, pero ¿no odias esa sensación de estar hablando con una máquina? Con Positrón, y ya lo has visto, no ocurre eso.



1ª edición 199902 - 199906
2ª edición 200510102121