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Los toros son cobardes que temen el cambio.
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Basta de tanto pensar.
Cuando reencuentra a quien ama la vida, desea la vida y se pregunta si sabrá cambiar. Cuando acompaña a quien elige la muerte aprende que en esa forma de vida agónica también es capaz de probar todas las recetas de la infelicidad. Y cuando observa el río con quien se deja arrastrar se sabe. Se siente a veces muy estúpido.
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El hombre quiere ser dios. El dios quiere ser camarero. El camarero diseñador. El diseñador famoso. El famoso genio. El genio hombre.
Él quiere ser feliz. Él identifica amor y felicidad. Tanto de lo mucho que aún le queda por aprender y sueña con que Madrid es Londres y Londres abre sus piernas a la vida porque ama, sin violencia, todos los colores, los sabores y los olores, tengan o no dioses.
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Los grandes son los creadores y se hacen más grandes si su tristeza atrae un fin trágico. Incluso al vivir la muerte viven más que el común de los mortales.
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Cuando reencuentra a quien ama, la vida desea la vida y se pregunta si sabrá amar. Cuando prueba la muerte se siente muy estúpido.
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Y se pregunta si sabrá amar y recuerda que Marguerite Duras escribió - no sólo ella - sobre el mal de la muerte. El que no sabe amar y el amor pasa en su vida sin darle tiempo a darse cuenta.
Quizás, el amor pasa en su vida sin darle tiempo a darse cuenta.
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Con vértigo de tiempo que se va.
Marguerite Duras escribió sobre el mal de la muerte.
Y él también tiene que caminar. Tampoco sabe.