Ahí está de nuevo. Una silueta masculina recortada en la ventana. Como cada sábado. Hace mucho que no se molesta en esconderse. Porque sabe que le has visto y no por ello vas a cambiar tu costumbre. Y probablemente le excite pensar que lo haces para él, que para ti no tendría el mismo interés ya hacerlo, si no estuviera él mirando.
Sales a la terraza y te quitas la toalla que llevas enrollada a la cintura, para cubrir con ella la tumbona. Desnudo ya, te tocas la masculinidad aún dormida, como si de llevarla siempre cubierta se te hubiera quedado entumecida y necesitase que la estiraran. Es gracioso que tantos hombres tengamos esa costumbre absurda. Ves cómo él se abre la camisa y deja caer sus pantalones allí, en pie, recortado en la ventana.
Te acercas al grifo en la esquina, y llenas el cubo grande. Seis litros de agua fría como nieve en el deshielo. Mes de marzo. Mojas tu mano derecha y te la pasas por el torso, a modo de prólogo. Y luego levantas el cubo sobre tu cabeza y vas vertiendo su contenido poco a poco, procurando que el agua alcance cada poro, hasta el mínimo pliegue de ti, que eres piel. De frente a él, puedes distinguir que mientras con la mano derecha debe de estar acariciando otra cosa, con la izquierda se acaricia el pecho.
El ritual del despertar está cumplido. Ahora te tumbas sobre la toalla estirada, boca arriba, a dejar que el sol te seque y te oscurezca. Tu cabeza ligeramente ladeada hacia donde él está. Su camisa cae al suelo, y su mano izquierda sostiene ahora todo el peso de su cuerpo contra el cristal de la ventana, y comienza a agitarse. Sabe lo que toca ahora.
Tomas la revista y vas pasando las hojas, con una sola mano, porque la otra empieza a estar ocupada más abajo en discernir el efecto de las fotografías, carne expuesta para ojos lascivos. Y lo que hasta hace poco colgaba pequeño y blando se levanta ahora orgulloso, apuntando al cielo despejado, dieciocho centímetros que tu mano recorre, sujetando fuerte la piel, estirando. Arriba y abajo. Arriba y abajo. Pero sin prisas. Mientras, él está haciendo ya temblar el cristal, masturbándose velozmente, en pie y apoyado en la ventana. Se está acercando al final.
Y tú dejas a un lado la revista y aumentas a tu vez el ritmo. Le estás mirando, ahora. Sería estúpido negar lo evidente de la situación. Y llegas hasta el clímax, y tu cuerpo escupe varios chorros calientes y suaves sobre tu estómago y tu pecho, e incluso algunas gotas atrevidas te alcanzan el rostro.
Mientras acaricias tu piel, extendiendo el líquido cremoso despacio, ves cómo a golpes blanquecinos se van dibujando surcos hacia abajo en su ventana.
Cierras los ojos. Relajado, aún paseando las manos sobre el torso. Cada sábado está ahí, cada sábado se repite el ritual, y resulta extraño pensar en un lazo tan intenso con alguien que no reconocerías si te lo cruzases por la calle.
Y probablemente le excite pensar que lo haces para él, que para ti no tendría el mismo interés ya hacerlo, si no estuviera él mirando. Y tiene razón.