Lunas de Acero no debería ser el nombre de una mujer, y sin embargo era el nombre que recibía aquella soldado de lengua suelta y acento mixto y extraño, frescura cortante y ojos de hechicera, largos cabellos rizados y pechos perfectos, como redondas lunas de firme acero.
Destinos en muchos y difíciles mundos la habían modelado como perfecto soldado, en la cierta creencia de que cualquiera era un día perfecto para morir. Y que en la misma medida cualquier día merecía la pena de ser vivido y apurado hasta el tuétano.
Sin miedo al salto sobre nuevas tierras hostiles, sin miedo al fuego y sin miedo a matar, ya fuera seres de su especie o de cualquier otra. Que algunos humanos hablasen de asesinato cuando un militar mataba a un humano en la batalla la hacía reír, porque aquellos eran los mismos que llamaban desafortunado incidente a la muerte premeditada y a sangre fría de un arácnido.
Qué poco sabían los políticos de guerra y de especies. Tanto o más apreciables le resultaban sus compañeros arácnidos que los humanos, tan frágiles y llenos de dudas y culpa. Nunca había conseguido ver esa insistente diferencia de nivel entre humanos, arácnidos, u otros humanoides, insectoides o los propios trípodes, que fuera de la Armada Estelar apenas si llegaban a ver reconocida su existencia como especie inteligente.
Vivía sus días y sus noches con la intensidad de quien sabe que es siempre el último, sin importarle el después ni la propia esencia de su ser. Había optado por renunciar del todo a la esencia, y renegaba de los auranalistas como casi todos los infantes con que compartía su existencia.
Esa existencia sólo había de componerse de fuego a discreción, heridas mortales y venganza sin cuartel en la batalla, y todo en cuanto a sexo y drogas permitía la ley en el escaso ocio. Sin alma y sólo cuerpo, todo cuerpo y el suyo era perfecto, para el ocio y para la guerra, perfecta máquina de matar, Señora del Acero, Noches de dobles Lunas.
Sin derecho al amor, sin otro deber que el de morir en la batalla. Siempre sola. Hasta la muerte.
La conocí en el burdel de un asteroide miserable, donde yo ejercía la prostitución. Fue un periodo de mi vida en que mi aura estaba errante, y yo la seguía allá donde quisiera. Quizás no era la alternativa lógica, pero yo tampoco confío en los auranalistas. Me parecen tan despreciables como los aún no erradicados psiquiatras lavadores de cerebros. Los auranalistas no respetan la naturaleza de la esencia. Quisieron superar a los psicólogos evolutivos y se convirtieron en monstruos. Traicionan su sagrado deber vulnerando auras en contra de su esencia.
Pero no viene al caso. Yo ejercía la prostitución igual que ejercí en aquel periodo profesiones igual de honorables, y otras despreciables. Recuerdo que durante un breve plazo acepté incluso un puesto de maestro de almas, aunque siempre he renegado de esos anuladores de la autobúsqueda.
Salía de mi cubil, acompañando a mi último cliente, un arácnido macho. Salía resentido, puesto que aunque los arácnidos son maestros del goce, el cuerpo de los machos no acaba de adaptarse al de los humanos y la relación siempre resulta algo dolorosa. Y aquel infante en particular, cargado de keroseno tratado, no había sido en absoluto suave.
Sostuve su mirada fría al cruzarme con ella. No dudó en ofrecerme unas pastillas y una copa, algún refresco con láudano. Mi acompañante la miró hostil; pero la mirada desafiante de ella le hizo retirarse sin protestas. Me había apetecido estar con una humana, para variar, pero su actitud me intimidaba.
Se sorprendió de que me guardase las pastillas y rechazase la copa. Le dije que por principio de eficiencia no tomaba drogas para trabajar. Era mentira, pero a ella le satisfizo. Si le hubiera contado que mi esencia me importaba, que había probado todas las drogas y ahora las rechazaba por el modo en que me anulaban, en que anulaban mi yo, se habría reído de mí. Lo habrían hecho casi todos mis clientes, como lo hacían la mayoría de mis compañeros y compañeras. Pero el modo en que lo habría hecho ella, que tanto había elegido vaciarse, sólo podía aún intuirlo en el color oscuro y frágil de su energía.
Adopté una actitud sumisa. Me indicó que me pidiese lo que quisiera. Le gustaba mi profesionalidad: renuncia de las drogas, adaptación al cliente... Ella era igual en la batalla, por decirlo de algún modo. O eso vino a decir ella. Pedí un té helado, extraño lujo de que disponíamos porque se cultivaba en el propio burdel. Y su sonrisa me derritió.
Yo había conseguido gustarle, sería su chico puede que para toda la noche. Y su actitud fiera había desaparecido de golpe para mí, porque podía ver algo en sus ojos, reflejos de otro aura que pudo ser. Ella ya no amaría nunca, pero alguna vez pudo haber amado.
Apuró la copa que tenía a medias, y siguió con la que yo había rechazado. Me habló de la misión de ese día. Sangre de trípodes rebeldes y sufrimiento resignado de una compañera suya, trípode e infante. Me habló de especies. Me habló de guerra. La paz era una utopía apta para los mundos burgueses. Falacia como lo había sido siempre. Ella era guerra y así la tomé. Servía a la Federación pero habría podido servir a cualquiera. Seguía en la batalla pero había dejado de creer. Ya no hubiera podido hacer otra cosa, de todos modos.
Oí más de lo que decía con sus labios, porque la escuché como pocas veces escuchaba a mis clientes. Su voz era poder en bruto, y su sinceridad era tan cruel como frías sus manos. Una vez había amado los sueños de la Federación, había creído en la libertad y la pluralidad, esos que se proclamaban en todos los mundos y en todos por igual se traicionaban. No habló de ello, pero no lo ocultó tampoco, tan abierto era su ser semidestruido. Ahora ya no recordaba aquello. Luchaba porque esa era su existencia. Su esencia anulada, quizás.
No me hizo preguntas. Para ella, sólo éramos dos cuerpos compartiendo un lapso de tiempo en un punto del espacio. Sólo al final, me preguntó si quería que subiéramos. Y dije que sí, y mi voz había perdido la profesionalidad. Me sentí extraño siendo tan sincero con una infante. ¿Cuál era el hechizo de aquella hembra humana, si no estaba menos vacía que el resto de sus compañeros? Quizás que lo estaba mucho más y no podía ser de otro modo.
Su mano abrazó la mía y su poder patente me supo dulce. No pude evitar deslizar mi aura sobre ella, con ternura. Pero ella sólo se dejó invadir un momento. Sacudió mi energía de su piel y me miró extrañada. Había dolor, un dolor viejo, en su mirada.
Subimos las escaleras y ella pagó al portero, displicente, más de lo que costaba una noche completa. Y ésta estaba casi a la mitad.
Señora del Acero. Noches de dobles Lunas. Su cuerpo fue perfecto para el mío aquella noche, como era siempre perfecto en la batalla. Me hizo alcanzar el límite del placer, y supe que ella también lo había alcanzado.
Entonces se dejó vencer. Estaba agotada, y se durmió a mi lado. Pude ver el calor escapando de su cuerpo, colores mezclados y confusos. Supe que descansaba, y me dormí a su lado, mi piel para su abrigo.
Al despertar por la mañana estaba solo. Recuperé de mi sueño su rechazo de mi ternura al despertarse; pero también un resquicio de nostalgia negada.
Abandoné el burdel dos días después. Supe que no podía seguir allí, que Lunas de Acero había cambiado mi aura para siempre. Sabía que jamás la volvería a encontrar, y que además no lo deseaba.
Y viví su muerte varios años más tarde, en la distancia que separaba el mundo interior en que me hallaba de aquel otro, salvaje y fronterizo, en que libró su última batalla. La vi, una imagen vacía ante mis ojos ahora más perceptivos. La vi, perfecta hasta su final. Leyenda en adelante. Murió salvando a la Armada Estelar de una de las mayores derrotas que podría haber sufrido en su historia.
Las noticias tardaron en llegar varias semanas. Pero yo ya había sentido el dolor profundo de su muerte sin después, sin más allá. Yo ya había llorado por ella. Y el luto por los héroes de la Federación me dejó indiferente.