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| I n c e n d i a r i o | ||||
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- Qué elegante vas hoy - le había dicho. Era la primera vez que se cruzaban al volver de trabajar, encorbatado. Tantas veces se habían encontrado en el mismo portal; pero siempre al salir o volver con el perro, de chándal o vaqueros. - Es que vengo de trabajar - no pudo evitar sonreír abiertamente al responder. Realmente el chico le caía bien. No encajaba con el comportamiento de los latinos que había por el barrio: maleducados, prepotentes, vagos, autoexcluidos. No encajaba con las personas con que convivía en aquel piso bajo. Probablemente el entorno del colegio era lo que le hacía diferente, lo que le había integrado en el estilo de vida de los madrileños del barrio Centro. Ahora el chico estaba en su cama, desnudo, aparentemente dormido, mientras él miraba sin ver cualquier programa de cualquier canal de televisión. Podía ver allí, al fondo del pasillo, el bulto de su pequeño cuerpo bajo la colcha, sentir su respiración. Su mente estaba perdida en reflexiones paralelas. Dudaba sobre si debía dormir esta noche en el sofá, con la ropa puesta, o al menos los calzoncillos; aunque debería entrar al dormitorio a buscar alguna sábana, o al menos la mantita de sofá que aguardaba su turno en uno de los cajones del armario, mientras mediaba octubre. Se preguntaba cuál o quién sería el motivo del terror que el niño intentaba no mostrar. Qué tipo de violencia había en su hogar, fuera por parte de su familia o de las otras personas con las que lo compartían. Y cómo era posible que viera de un modo natural y positivo el ofrecerse así... Si durmiera en la cama con él, con o sin ropa, no estaría bien. Pero el chico no pensaría que estaba mal, al parecer. Quizás, si despertase, le abrazaría o intentaría darle alguna otra muestra de cariño o... Se habían encontrado en el portal hacia las nueve. El chico entraba detrás de él y de su labrador, que le gustaba tanto. El chico y el perro se habían saludado y habían jugado como de costumbre. Pero a la hora de entrar en el ascensor, en lugar de seguir caminando hacia el pasillo del fondo, donde vivía, el chico había sujetado la puerta: - ¿Puedo acompañarte a tu casa, a jugar un rato con el perro? Por favor... - el tono no era caprichoso, no pretendía engatusarle. Era un ruego intenso, contenía angustia en la voz y en la mirada. No pudo decir que no. No pudo preguntar por qué. No pudo decir siquiera que no le parecía correcto, dada la hora. Sólo permaneció unos segundos en silencio, viendo cómo el perro miraba al niño con la extrañeza con que le miraba a él cuando alguna vez lo había visto llorar. Sostuvo la puerta del ascensor desde dentro, dando entrada al chico. Al entrar en la casa, todo le había parecido novedoso, lujoso, fascinante, a pesar de tratarse de un piso de sesenta metros amueblado a base de Ikea. Sin embargo, él no sintió el miedo habitual que sentía ante los desconocidos, no dudó si sería un engaño para entrar en la casa y dar paso a algún eventual ladrón. Seguramente, se debía a la sensación de agradecimiento que en todo momento transmitía el chico. Exteriorizaba su fascinación por los objetos y los espacios con entusiasmo; pero su cuerpo, su rostro, sus ojos, gritaban aún más fuerte «gracias, aquí me siento a salvo». «Contigo me siento a salvo». Su voz infantil le había hecho sentir bien. Resonaba en su cabeza aún, mientras miraba ahora directamente el pequeño bulto en la distancia. Revivía el modo en que el chico y su fiel compañero de pelo dorado habían estado jugando. Le había dejado darle la cena, después de haber cenado ellos. El chico no se había callado en ningún momento. Él creía entender por qué: estaba evitando el momento de ser interrogado. Después de las once estaban sentados en el sofá. El televisor encendido; pero nadie prestaba atención al programa. El perro dormía en su colchón, en una esquina. - ¿No te esperan en casa? - dijo, sin retirar la vista de la tele. Le costó decirlo, consciente de que el niño temía que llegara ese momento, casi tanto como un interrogatorio de sus motivos. - Sé que te estoy molestando. Pero no me quiero ir. ¿Puedo pasar la noche aquí? Mañana habrá pasado todo. Me iré al colegio y luego la vida seguirá como siempre. - ¿Son tus padres? ¿Tu padre? - O podría ser cualquiera de los otros hombres o mujeres con los que vivían en ese miserable piso del bajo. Nunca había visto el apartamento; pero sabía que se trataba de una vivienda de cuarenta metros orientada a un patio interior. Y sabía también que en el buzón constaban por lo menos cinco nombres. Y había visto al chico por el pasillo en compañía de muy distinta gente. En aquel mínimo espacio debían de convivir al menos tres familias. - Hoy han salido todos. Estarán borrachos ya - vaya novedad. Seguramente a esas horas estarían frente al portal, apoyados en los coches aparcados, haciendo ruido, manteniéndose erguidos a duras penas. Estaba harto de ver ese espectáculo lamentable -. Por favor, déjame quedarme a dormir. - No quiero preguntarte nada. Creo que tú no me quieres contar si te gritan o te pegan cuando van borrachos, ni nada por el estilo. El chico bajó la cabeza. Era un niño moreno y delgado, pequeño, nervioso, unos diez años, siempre sonriente. Guapo a pesar de sus rasgos latinos. Un niño que parecía un niño. Pero ahora no lo parecía. Parecía un hombre a punto de echarse a llorar. - Quédate. Yo me levanto a las siete. A las ocho como muy tarde salimos de casa. El niño se le echó al cuello, con los ojos húmedos y una enorme sonrisa, en el abrazo más sincero que él había recibido en el último año. Probablemente había dicho gracias, sin voz. Con la boca aún entreabierta le besó en los labios. Él se retiró, sorprendido, no estaba seguro de si asustado. Incapaz de decir nada en ese momento tan extraño, se levantó y fue a la cocina a recoger los platos de la cena. Tardó un cuarto de hora largo en salir. Era consciente de que se había dejado un cigarrillo encendido en el cenicero; pero no estaba dispuesto a volver sin antes haber ordenado un poco sus ideas. Cuando todo estuvo limpio y recogido, estiró la espalda, crujió el cuello y volvió, pensando que ya estaba algo menos confundido. El chico podría dormir en su cama y... La luz del dormitorio estaba encendida. El chico estaba sentado en la cama. Desnudo.
Sentía que debía mirarle a los ojos, evitar mirar su cuerpo, pero no fue capaz de dejar de mirar su cuerpo mientras el chico le miraba a los ojos. Era evidente que el chico no estaba asustado. Él tampoco. Estaba extrañado, sorprendido, todo aquello le resultaba irreal. Pero para el chico parecía ser lo más normal del mundo. - No sé si es temprano -, dijo levantándose y caminando hacia él, con total naturalidad -. Yo suelo acostarme antes de las doce. Me dejarás dormir contigo en la cama, ¿verdad? ¿Quieres que nos vayamos ya a dormir? Había llegado hasta él, le había cogido la mano y se volvía hacia el dormitorio, sin soltarle. Incapaz de reaccionar de otro modo, le siguió. Al llegar junto a la cama, el chico comenzó a desabrocharle la camisa. Él le sujetó las manos. Ahora estaba en el salón, viendo la tele, y preguntándose cómo era posible que el chico sintiese que aquello que estaba tan mal podía estar bien. Quién le había enseñado cómo podía agradecer con su cariño desnudo los favores recibidos. No había visto culpabilidad ni miedo en la mirada del niño mientras le llevaba hasta el dormitorio y comenzaba a desnudarle. Parecía sentirse cómodo en aquel papel, parecía agradecido de poder devolver así el favor que le había hecho. Había visto confianza cuando le sujetó las manos, extrañeza cuando se las apartó, y decepción cuando le dejó en la cama, arropado y se volvió al salón, con la camisa aún a medio desabrochar. Con sólo seis años más, las cosas podrían haber sido diferentes... Escrito: 200509272223 Publicado en JTô: 200509281937 3 comentarios en el blog:
Estos 5 días desaparecido -desde mi cumpleaños- tendrán que compensarse de alguna manera. Advertido quedas.
Me alegro de que os haya gustado. Hacía mucho que no escribía narraciones nuevas, y en cuanto ésta me estuvo rondando la cabeza un par de días, aproveché un hueco para escribirla. |
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