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Robe tenía todo el aspecto de un tendero satisfecho, de faz abierta y manos rellenas, de expresión entrañable y corta estatura. Podría ser el dueño de una zapatería tradicional, por ejemplo. Con sesenta y muchos, cuerpo cilíndrico y casi calvo, inspiraba la presencia del abuelo mimoso cuenta-batallitas e infantil. Ropa usada y amplia y montando en autobús. Y sin embargo era un padrino de padrinos, el mayor magnate a nivel europeo en cuanto a drogas, prostitución y armas se refería. El terrorismo y las mafias de medio mundo dependían de él, y las del otro medio dependían de personas a las que llamaba sus "hermanos".

Lo único que oscurecía su historia personal era su hijo. Muy joven, cuando aún formaba parte de la cúpula de ETA (la Multinacional, como la llamaba él) al cargo de las Relaciones Internacionales y la Tesorería, había conocido una puta venezolana, Caro, que trabajaba en condiciones de esclavitud en un club de carretera. Tras matar al dueño del negocio e integrar la red de trata de blancas de que formaba parte en la empresa, se casó con Caro, y cinco meses después tenían su primer y único hijo: Wilfred Erlans. Éste, a pesar de que su padre siempre cuidó de su educación, se escapó de casa a los dieciséis años para meterse a cura del Opus Dei en Navarra. Caro, que era muy católica, no tuvo más remedio que suicidarse. Y por eso consideraba Robe que W.E. había traído la vergüenza a su casa, y había renegado de él.

Sin embargo, Borja sustituía a su hijo natural de un modo casi perfecto. Era como él pensaba que un hijo debía ser: egoísta, frívolo, caprichoso, derrochador pero enamorado del dinero, y obsesionado por follarse cualquier cosa que tuviera más de una pierna. Y hacía unas mamadas excepcionales, además, si bien a Robe no le gustaban los tíos, y nunca había respondido en modo alguno a los favores de su hijo adoptivo.



Era el cumpleaños de Robe (sesenta y tantos cumpleaños según decía, porque no sabía su edad). Quería haber invitado a cenar en casa a Borja; pero éste había quedado ya con su nueva gallina de los huevos de oro, la Diva. Toda una tía y todo un negocio, según la veía el viejo mafioso; pero autora de una música infernal e insoportable cuyo éxito le resultaba incomprensible. Donde estuvieran los viejos punkies y heavies de los setenta y los ochenta...

Como se había quedado sin familia para la cena de cumpleaños, había invitado a su nueva secretaria, una jovencita de dieciséis años y grandes ojos melancólicos llamada Dana. Tenía la mala costumbre de vestir discretamente, casi siempre con vaqueros, pero tenía un bonito rostro romántico y un apetitoso cuerpo curvilíneo. Si nadie la había advertido antes, a los postres ya sabría que sus nuevas obligaciones como secretaria del Gran Hermano iban más allá de las funciones administrativas.



1ª edición 199902 - 199906
2ª edición 200509171253