16.
















































Marlena y Borja ya estaban en los postres. Lo que significaba que el tanga de él estaba en el plato de ella, y las braguitas de ella en la copa de él, teñidas de vino tinto. Borja y Donuts jugaban entre sí y con la Diva, mordiendo cualquier trozo de piel que se encontrase a su alcance.

- ¡Más cuidado, cacho perros! Que me vais a reventar una teta...

- Vamos, quejica, que tampoco mordemos tan fuerte... ¡Au, mi polla! Serás animal, Donuts, me has hecho daño.

Mientras Marlena se echaba a reír, Borja levantó al pitbull en volandas y comenzó a hacerle una mamada. El perro no paraba de revolverse, pero usando ahora la lengua en vez de los dientes.

- Si ya le has puesto caliente, quiero que me folle.

- Claro, cariño, para eso ha venido. Oye, una cosa: no te lo he dicho, pero hablé esta tarde con los instaladores y te traerán el pro-comp mañana. ¿Estarás en casa a eso de las cinco? Es mejor que estés presente, o te pueden dejar esto hecho un desastre.




- Así que dices que Marlena Diva te despidió sin más - gritó Dana desde la ducha -. Me gustaría ver ese mail que te mandó.

En la sala, llena de muebles nuevos y lujosos, Man estaba tranquilamente sentado, bebiendo un whisky con hielo y sintiéndose realmente cómodo y satisfecho. La actitud de Dana le había sorprendido muy favorablemente. No tendría que hacer nada para ganársela en contra de la Diva, porque ya parecía estar en contra.

- La Diva es un animal cruel, señorita Dana. Aunque creo que usted ya lo sabe. O tal vez sólo lo intuye.

Dana salió de la ducha envuelta en un albornoz apenas sujeto por el cinturón. No sólo los pechos quedaban casi descubiertos, sino que incluso se insinuaba el vello al final de los muslos. «Maldita sea», pensó Man, «está decidida a seducirme».

- Lo que yo sepa o intuya es sólo asunto mío, querido - respondió ella, sirviéndose una copa de ginebra con bitter -. Y ya que he salido de la ducha, no hace falta que sigamos gritando, ¿no te parece? Por otra parte, lo de señorita está bien para el despacho, pero no ahora. Llámame Dana.

- Está bien, Dana, aún no me has dicho dónde te apetece ir a cenar. Pero si quieres, yo puedo elegir por ti. ¿Te gusta la comida japonesa?

- Yo como de todo, cariño - respondió ella, saliendo de nuevo del dormitorio, ahora vestida con una minifalda de látex roja y una blusa totalmente transparente.

«No lo dudo, cariño. Lo que sí que dudo es que hayas decorado esto tú misma. Porque tu gusto vistiendo es una auténtica mierda. ¡Dioses del averno y caballeros del cuero, no me obliguéis a acostarme con eso!»




1ª edición 199902 - 199906
2ª edición 200510272245