JTô

Textos del Kaos
Trilogía de la vida (1 de 3)






He destruido mi vida una y otra vez, y de nuevo la he vuelto a levantar

D
espertó, Brocal, y se agitó entre las cenizas.
S
e levantó del suelo desperezándose, y sacudió sin entusiasmo su cabello y sus ropas. Día gris tras día gris. Echó de nuevo a caminar.
man by the sea on Flickr
A
brió los postigos, Yunque, y asomó la cabeza al exterior, el rostro carente de expresión. No tenía sentido el ritual, pues la playa y el mar seguían siendo grises, hasta donde alcanzaba la vista. Y no era mucho.
A
penas había más luz en el exterior que en su vivienda. Sin embargo, siguió abriendo ventana tras ventana y se dispuso a adecentar la única habitación que era su hogar.
T
ampoco esto tenía sentido, pues la lluvia fina y persistente, opaca, gris, seca y caliente no había cesado ni por un solo instante. El mar y la brisa sólo empeoraban el calor. Lo hacían pegajoso, causando que los átomos inertes que caían blandamente del cielo se pegasen a la piel y al salitre de las ropas. Esto exasperaba a Brocal, que apenas podía distinguir su camino al avanzar.
E
l paisaje sin color parecía borrar la razón de todo. Caminar era seguir la playa cada día, sin destino fijado, escuchando la voz del mar que era siempre un lamento y sólo a veces rabia. Había llegado a este planeta en busca de algo, y no sabía qué. Pero ahora ya no buscaba. Sólo caminaba día tras día bajo la lluvia de cenizas, y dormía a la intemperie noche tras noche bajo la misma lluvia. El equipaje en una taquilla del espaciopuerto, no le acompañaban más que su tarjeta de identidad, varias cajas de alimentos en píldoras y la sencilla ropa que llevaba puesta, que no le protegía del calor ni del agua fría cuando, cansado, se sumergía en el mar.
E
l mar, el único entorno de todo el vasto planeta en que se desarrollaba la vida de forma natural. El mar, la razón que Yunque había dado a su solitaria vida.
A
veces el silencio hace daño, pensó como otras veces, y en seguida apartó esa reflexión de su mente. Terminó con la limpieza de la casa eliminando los restos del desayuno. La procesadora de residuos hacía un ruido realmente desagradable. Y miró en torno a sí. Ya estaba todo de nuevo inundado de cenizas que volaban al capricho del aire. Suspiró, se puso unos pantalones cortos de los que no se mojan y se dispuso a salir a pescar, como cada mañana.
A
l salir, el chirrido de la puerta al cerrarse le preocupó. Pronto tendría que comprar un nuevo módulo-vivienda. Pero los módulos se hacen con plásticos de última generación y sistemas de autogestión integrados, con lo que incluso los más sencillos resultan abrumadoramente caros. Y eso sin contar el transporte desde la ciudad y el anclaje a tierra.
S
e detuvo en la orilla, sin subir a la barca. Sólo para dejar que el agua calmada pero viva lamiera sus pies desnudos. Era uno de los pequeños placeres que le hacían sentirse lleno, satisfecho de sí y del estilo de vida que había elegido. También para Brocal era un placer caminar dejando que el mar mojase sus pies. Por eso había desterrado sus zapatos al día siguiente de llegar al planeta.
A
veces el silencio hace daño, estaba pensando, cuando algo insólito captó toda su atención. Detrás del promontorio, a pocos minutos de donde estaba, había un cubo plástico que la ceniza no lograba ocultar, aunque sí teñir del mismo gris que llegaba a hacerle sentir ciego. El cubo tenía ventanas, con lo que parecía obvio que se trataba de un módulo-vivienda, anclado en la playa, en medio del vacío y la soledad. Entre el cielo y tierra inertes y el mar que da la vida.
Y
junto al agua, subiendo a una frágil barca de fibra, había un hombre de piel oscura como la noche, y gris también, casi desnudo. Su piel, y la elegante construcción de su cuerpo indicaban que, probablemente, descendía de las primeras familias que vinieron a poblar la triste superficie del planeta. Una etnia hermosa y orgullosa aquella.
Y
unque no terminó de desamarrar. Porque vio la figura de aspecto transparente que se dirigía hacia donde se encontraba. Su mente tardó en asumirlo. Nadie camina por la playa muerta que es su hogar, y nadie es tan claro en este planeta. Y nadie o casi nadie viene al planeta, y los que vienen suelen ser comerciantes que tampoco son blancos. Estaba viendo a una persona blanca por primera vez en su vida. Un errante, o un loco, o un solitario. No tuvo miedo porque era un sentimiento que desconocía.
B
rocal llegó hasta el hombre. Pero no se sentía muy capaz de hablar, se había perdido en su silencio. Se esforzó por decir su nombre. Yunque respondió el suyo.
Y
ese día pescaron juntos. Bucearon entre extraños peces y mamíferos marinos, de brillantes colores. Se sintieron libres del gris que anulaba todo fuera. Y comieron juntos. Y esa noche Brocal no durmió a la intemperie. Durmieron juntos.
«
Mi hogar es hermoso y es cruel. Un planeta de cielo naranja y nubes blancas, tristes de agua de lluvia. Una ciudad a la antigua usanza, de grandes edificios independientes entre sí y con salidas a la calle, donde la vida vibra entre vegetación y comercio y gente que camina. Entre la gente siempre he sentido soledad. Por eso, creo, he buscado la desolación. Y te he encontrado a ti.»



Escrito: 19990804

Publicado en JTô: Parte I - 200511111820 / Parte II - 200511131313

Ningún comentario en el blog