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Textos del Kaos
Trilogía de la vida (2 de 3)






He levantado mi vida una y otra vez, y de nuevo la he vuelto a destruir

D
espertó, Zenith, con el zumbido inconsistente del despertador acuciante en la base del cráneo.
A
unque disponía de algunos víveres en su despensa, no tenía ni tiempo ni ganas de prepararlos. Así que pulsó el botón de la cocina central para obtener un desayuno estándar, que ya le sería facturado por el ordenador de la comunidad de viviendas al final del mes. Tiene algo la comida de máquina que elimina todo el placer de comer; pero es instantánea y mucho más barata que la auténtica.
S
u minuto en la ducha y su uniforme de trabajo, salió al pasillo donde habitaba, camino del ascensor gravitacional que le llevaría al límite de la ciudad. A las oficinas de gestión del espaciopuerto, donde trabajaba.
S
e levantó, Brocal, silencioso. Se vistió con sus únicas ropas y cogió el MTC. Abrió una de las ventanas y saltó a través de ella al exterior. No quería despertar a Yunque con el angustioso chirrido de la puerta.
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U
na llamada para pedir un vehículo autoguiado de alquiler que le llevase a la ciudad gris, desde la gris desolación que le rodeaba. Dejó entonces el MTC en el repecho y cerró la ventana. Nunca sabes si hay un final para cada cosa, o es mejor dejarse encerrar en rutinas infinitas. Una pregunta que en sí se había vuelto rutina para Zenith.
V
iajaba en el ascensor casi solo, en el nivel máximo, cuya aceleración era muy similar a la caída libre. La mayoría de la gente evitaba la sensación vertiginosa de moverse en cualquier dirección como si cayese desde el cielo a la tierra; pero él había aprendido a disfrutarla. Mejor era así, puesto que su trayecto al trabajo desde la zona residencial era muy largo. Incluso le agradaba la brusquedad de los periódicos tramos de gravedad negativa, diseñados para reducir la velocidad adquirida, que de otro modo seguiría aumentando hasta matarle. Esa velocidad que le permitía sentir en alguna parte de su esencia una libertad salvaje. Velocidad que una vez, en un pasado casi olvidado, fue el modo de vida de Brocal.
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or eso le pareció que el destartalado deslizador de alquiler era, además de primitivo, escandalosamente lento. Tenía lógica, en un planeta donde la vida humana se concentraba en una única ciudad integrada, dotada de ascensores gravitacionales internos, y sólo unos pocos seres extraños habitaban en las playas muertas. Por eso daba igual que los deslizadores tuviesen siglos de antigüedad, y fueran como los de milenios atrás, contaminantes por su suspensión magnética y su energía eléctrica no solar.
P
ero ya estaba fuera de la vista del módulo-vivienda, cuando comenzaba el amanecer.
D
espertó, Yunque, y sintió un vacío en su interior. Al dirigirse a abrir una ventana, descubrió el MTC en el repecho. Su mente no pretendió reaccionar mientras fue abriendo ventana tras ventana. Preparó desayuno para uno, y se dispuso a adecentar la destartalada vivienda que durante varios meses había compartido.
Z
enith abandonó el ascensor con la peligrosa maniobra que acostumbraba, y que las instrucciones desaconsejaban salvo emergencia. Se trataba de utilizar el apoyo del tramo de desaceleración adecuado, no en dirección a los niveles inferiores, sino a la zona de gravedad reducida hacia el suelo. Un error de cálculo en el movimiento podía causar que el cuerpo quedase cruzado entre gravedades extremas, y saliese despedido en cualquier dirección a toda velocidad. No sería el primero en morir destrozado por el impacto, pero el ahorro de tiempo y la sensación del salto valían la pena.
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o cierto es que disfrutaba más de su viaje al inicio y fin de la jornada, que de los días y las noches en sí. Las noches negras y los días deslucidos que una vez tuvieron sentido para Brocal en aquel planeta opresivo.
E
n aquel momento, el deslizador terminaba de rodear el monstruo gris que en la distancia parecía la ciudad. La navegación de los obsoletos aparatos podía afectar y verse afectada por las llegadas y salidas de vehículos espaciales y la delicada y precisa tecnología del espaciopuerto. Por tanto, tenían que mantener la máxima distancia posible, y su base estaba en el otro extremo de la ciudad. Allí se posó por fin.
P
agó Brocal el trayecto mediante su tarjeta de identificación (cargo directo en cuenta predeterminada), y accedió al ascensor gravitacional. Con facilidad se desplazó al nivel máximo, casi sin usar los apoyos. La gravedad artificial formaba parte de todo su ser, y sus movimientos parecían tan sencillos como caminar. Los trabajadores de la base le habían observado alejarse no sin cierta envidia, y un deje de nostalgia hizo presa de su alma mil veces mudada.
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unque salió del módulo-vivienda, aún desnudo. Pasó junto a la barca, y se sumergió en el mar, que esta mañana resultaba desusadamente cálido. Su alma se quejaba mientras su mente aún no quería reaccionar. Su vida había sido ésta antes, y él la había querido así. Pero ahora ya no estaba bien así. Se había acostumbrado a algo que ahora le faltaba. Y se preguntó si le faltaría siempre.
B
uceó durante un rato sin objeto, y después salió a la arena caminando. Reposado pero aún inquieto en su interior. En pocos segundos su piel mojada estaba cubierta de arena pesada y ceniza ligera. Sin preocuparse por ello, subió a su barca y se hizo a la mar. A pescar, como cada mañana.
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enith había llegado a su puesto de trabajo varios minutos antes de su hora, y ya llevaba casi una hora sentado frente a su pantalla, combinando la información que recibía desde ella con la que le llegaba desde el espacio a través del MTC del terminal. Y tecleando sin cesar ecuaciones que contenían horarios y trayectorias para el aterrizaje y despegue de las cápsulas de carga y descarga de las naves en órbita, todas de mercancías.
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n una de las cápsulas descendería la dotación de una de las naves, que llevaba demasiado tiempo en el espacio. Pasarían la noche allí, en módulos de huéspedes del propio espaciopuerto, y volverían a ascender al día siguiente. Puro trámite, pero a Zenith le suponía un problema, porque no se puede mover igual una cápsula muerta que una viva. Después de varios cálculos mentales, programó el descenso de aquellas personas hacia el mediodía. Protestarían por el retraso, claro, pero el responsable de sus vidas en el descenso y ascenso era él, al fin y al cabo.
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asada una hora desde que se incorporase, fue relevado y se dirigió a la zona de descanso, el mostrador del espaciopuerto en realidad, un puesto que compartían los descendedores en sus relevos, puesto que no tenía apenas movimiento.
Y
cuando los había eran simples, una dotación con el mal del espacio para pasar la noche. Salvo aquella vez, meses atrás, en que su compañera de turno recibió un pasajero para quedarse en el planeta. Algo inédito, al menos en su generación. El hombre llamado Brocal había dejado todas sus pertenencias en una taquilla tras comunicar que había viajado en una nave comercial sólo para llegar hasta allí. Así que hubo que alojarle para una noche (como siempre) y luego fue puesto en contacto con la oficina de Censo, a la que su misma compañera largó el muerto tan rápida y limpiamente como pudo.
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enith había visto al hombre a la mañana siguiente, cuando salía del alojamiento y, sin recoger su equipaje, accedía al ascensor gravitacional camino de Censo. Aún recordaba con fascinación la naturalidad con que aquel hombre ni viejo ni joven se había desplazado al nivel máximo nada más incorporarse a la corriente. En aquel momento había dejado de considerarse un buen viajero.
A
cabado su descanso, se dirigió al terminal. Se detuvo, sin embargo, al ver cómo Brocal caía del nivel máximo igual que había hecho él dos horas antes, pero mucho mejor. Su movimiento había sido suave, fácil, natural; mientras para Zenith seguía siendo una maniobra brusca y arriesgada.
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l extraño se dirigía al mostrador; pero Zenith sabía que si se retrasaba en regresar al terminal su compañera corría el riesgo de un error. Y que le odiaría aunque no lo cometiera. Así que la relevó sin distraerla. Ella tendría una nueva historia que contarle al final de la jornada.
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unque detuvo la barca. Desde donde estaba no se veía ya la orilla, a pesar de que en ese momento la lluvia de cenizas estaba casi detenida. El viento y el mar también parecían estáticos. Y le dio la sensación de que toda la existencia lo era también.
C
ogió un arpón y se sumergió a pulmón, en busca de aquellos peces y mamíferos cuya vida y colorido rompían con el gris inerte que reinaba sobre la superficie. Pero hoy no podía disfrutar de los colores, porque se lo impedía ese extraño vacío en su interior. Esperaba que en cualquier momento desapareciera, y entonces sabría que Brocal no se había ido, que sólo había salido a caminar. Y a la vez era consciente de que el vacío podía no desaparecer ya nunca.
200903201817 B
rocal había salido por fin del ascensor gravitacional en el espaciopuerto. Descalzo como estaba, se encaminó hacia el mostrador. Vio cómo el hombre que allí se hallaba se marchaba hacia la oficina de navegación. Esperó tranquilo a que volviera, o a que viniera su relevo si de eso se trataba.
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os minutos después, salía una mujer. La misma con la que había tratado a su llegada. Su expresión de sorpresa no parecía haber variado desde entonces.
B
rocal le comunicó que deseaba marcharse del planeta en la primera nave que estuviera dispuesta a aceptarle, si bien no sería esa misma mañana, pues tenía algunos asuntos que resolver. Casi se le rompió la voz. Le dolían sus propias palabras.
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a mujer no supo qué responder durante casi un minuto. Decidió que se pondría en comunicación con las naves en órbita y las llegadas previstas, eso sí, una vez comprobada su situación con Censo. A la llegada, le había dejado a su cargo sin preocuparse; pero ahora la responsabilidad era suya, pues se trataba de ejecutar una salida.
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a expresión al desconectar el MTC era de sorpresa aún mayor que la que había mantenido hasta entonces. Le hacía parecer estúpida. Y es que nadie le había dicho que, ante la decisión del inmigrante blanco de no pedir alojamiento ni trabajo y al comprobar que disponía de un crédito realmente amplio, no le habían dado de alta.
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o era tan absurdo: no tenía problemas de dinero, no quería alojamiento ni trabajo, ni se iba a quedar en la ciudad; y Censo no disponía de división de inmigración porque un suceso así se producía una vez cada varias generaciones. Las gestiones pertinentes resultaban tan desconocidas y antiguas que simplemente habían decidido aceptar al extranjero, ignorándolo a la vez desde el punto de vista administrativo.
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n cuanto a la nave que le recogería, la respuesta tendría que esperar. Ella tendría que regresar a su terminal de descendedora en pocos minutos, y sería su compañero el que iniciaría las negociaciones. Él podía encargarse de los asuntos que tuviese, puesto que probablemente no habría una respuesta hasta la tarde.
A
sí que Brocal se incorporó de nuevo al ascensor gravitacional, camino ahora de la zona comercial, casi en el corazón de la ciudad.
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enith no llegó a ver cómo el extraño forastero se marchaba; pero encontró una nota rápida tecleada en el terminal del mostrador. Suspiró. A ella le había estropeado el descanso, pero ahora le tocaba fastidiarse a él. Y con una gestión de lo menos habitual.
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esignado, se colocó el MTC y se puso en contacto con la primera salida prevista a partir de esa noche. Sólo cuando llevaba un rato hablando, empezó a preguntarse quién era aquel Brocal. Por qué se iba. A qué había venido. Por qué había elegido el exterior y rechazado la ciudad. Qué había hecho, o qué le había pasado, en las tristes playas del planeta gris.
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uizás podría averiguarlo, después de todo, puesto que la primera nave que podía acoger al extraño pasajero aún no había llegado. Su llegada estaba prevista en dos semanas. Su marcha en cinco.
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l viaje sería caro, y no sólo por lo que cobrase la nave. Se trataba de un navío moderno, perfectamente acondicionado para la vida a bordo, con lo cual la dotación no descendería a un planeta tan poco interesante. El pasajero ascendería solo, en una de las cápsulas que regresase vacía. El coste por ascenso de una cápsula viva a cargo de una sola persona. Mucho dinero.
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or donde pasaba Brocal la gente se paraba a mirarle, y no sólo por su pericia de viajero. La mayoría de las personas de aquella ciudad no le habían visto a él ni a los comerciantes de piel más clara, ni habían viajado. Así que era el primer blanco que veían en su vida. Algunos ni siquiera creían que existieran pieles tan frágiles.
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as indicaciones no eran demasiado explícitas, así que hubo de preguntar varias veces antes de llegar por fin al pasillo en que se encontraba la central inmobiliaria. En la oficina de venta de módulos-vivienda había un único empleado, ocupado en alguna tarea, probablemente relacionada con la gestión de la comunidad de viviendas. No habría mucho negocio aparte de ese.
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ue fácil comprar un módulo independiente de última generación. El dependiente, sin llegar a mostrar sorpresa en ningún momento, buscó la matrícula de la casa a sustituir (vieja de verdad) y en seguida tuvo los datos de Yunque en su pantalla.
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ólo se preocupó al comprobar el escaso nivel de crédito de Yunque. Brocal le tranquilizó con su tarjeta de identificación. Era un regalo. Pagaba él. Si no, no hubiera escogido uno de los modelos más caros dentro de los sencillos.
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n pocos minutos la operación estaba cerrada. En una semana, el módulo estaría montado y trasladado a la localización de destino. Y una jornada completa más para anclarlo en la arena y retirar el viejo.
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iertamente, al hombre debía de sobrarle el dinero, pensó el dependiente, cuando su extraño cliente insistió en pagar por cargo directo.
B
rocal salió de la oficina, y dudó un momento. No, no retrocedería ahora su crédito en el planeta. Todavía lo necesitaría para los pagos de estancia y marcha del espaciopuerto. Y podía rescatarlo desde cualquier otro mundo.
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ra mediodía cuando Yunque atracó en la arena. El viento soplaba fuerte, el mar estaba agitado y la lluvia de cenizas había sido sustituida por el vuelo descontrolado de las que había en la superficie.
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uando se detiene la lluvia, el tiempo es peor que cuando llueve. Una de las paradojas de este mundo. El tiempo desasosegado no dejaba lugar a la calma en el corazón de Yunque. Apenas había capturado nada. El vacío no había desaparecido de su alma.
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enith estaba terminando su comida. En seguida tendría que reincorporarse a su puesto. Sería su compañera la que recibiera a la dotación cuyo descenso había programado él. Y probablemente también ella daría las nuevas a Brocal, el extranjero, y decidiría en qué condiciones alojarle.
N
o existía para Censo, luego no tenía vivienda en la ciudad. Habría que darle pues un alojamiento del espaciopuerto. Pero estaba la peculiaridad de que su estancia no era la reglamentaria de una noche, sino que estaría en tierra casi cinco semanas. Zenith había buscado en los archivos, pero no había hallado precedentes de nada parecido. Ni instrucciones al respecto.
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l hombre blanco estaba resultando de lo más molesto; pero a la vez no dejaba de resultar un misterio fascinante. Con este pensamiento se reincorporó a su terminal de descendedor.
Y
unque entró en su módulo-vivienda y se metió bajo la ducha, con el mando en la posición sin temporizador, entrada de agua sin depurar. Daba igual que fuera agua de mar. Sólo quería sacarse de encima toda la arena y ceniza.
U
na vez seco, se echó en la cama, encogido. Se sentía mal, y sabía por qué. Sabía que no debería seguir esperando, pero no quería renunciar.
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uando Brocal llegó de nuevo al espaciopuerto, había allí una pequeña muchedumbre. Dotación de una nave con el mal del espacio, sin duda. La mujer del mostrador se esforzaba por ir atendiéndoles a todos, recogiendo sus datos mediante sus tarjetas de identificación personal, comprobando su crédito con el mismo instrumento y asignándoles alojamientos para la noche. Y a la vez procuraba no dejar de comer.
E
xtraño sistema el de los descendedores - dependientes. Pero un dependiente de plena dedicación habría sido un desperdicio en semejante puesto.
B
rocal esperó pacientemente a que los hombres y mujeres del espacio fueran atendidos. Ellos le miraban con cierta curiosidad. Por fin se marcharon y le tocó el turno. Pero pidió a la mujer que terminase de comer tranquila antes de preocuparse por él. Ella, agradecida, programó una comida estándar a su cargo para él.
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na vez los dos hubieron comido, solucionaron la gestión Brocal en diez minutos. Era el tiempo que le quedaba a ella antes de regresar a su terminal de descendedora.
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e admitía un navío que saldría del planeta en cinco semanas. Pedían un adelanto. Y el espaciopuerto le cargaba a él la totalidad por el ascenso de cápsula transportando viajeros. Porque viajeros era él solo. Podía ser cargo diferido.
Q
uedaba la cuestión del alojamiento. Pero ella demostró ser una experta informática, rompiendo todas las barreras burocráticas de la aplicación. Le asignó un alojamiento por tiempo indefinido. Eso sí, el devengo diario por mantenimiento se haría por cargo directo.
B
rocal asintió y tendió su tarjeta pidiendo que todo fuera cargo directo. Lo que le faltaba a la mujer. Aparte de todo lo demás, era millonario.
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ientras ella volvía a su otro puesto de trabajo, él se dirigió a las taquillas.
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o es que se hubiera sentido seguro a lo largo de todo el día. Ni los días previos. Pero había arreglado los asuntos según sus planes de un modo mecánico, y ahora que todo estaba hecho sentía de pronto toda la presión de la realidad.
U
n nuevo final; y un nuevo principio. Esta vez tampoco había sido definitiva, aunque hubo un tiempo en que le pareció que así era. Y aún su alma quería volver, darse la oportunidad de renovar la vida sin tener que volver a comenzar de cero.
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¿
Era ese su problema? No era viejo, aún. Pero había vivido tantas vidas distintas, y hasta ahora no se había preguntado el porqué. No tendría que cambiar si cada día fuera nuevo, si cada instante fuera una nueva vida, sin huir. Capaz de mirar atrás. No habría nostalgia, entonces.
Y
en ese instante supo que no sabía. No sabía si sería capaz de marcharse esta vez. No quería nacer de nuevo. Pero tampoco se sentía capaz de dar marcha atrás.
B
ien. Tenía cinco semanas para pensar.
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enith salió al mostrador y vio a Brocal recoger el equipaje de la taquilla y caminar hacia el pasillo de los alojamientos. No se dirigió a él. No quería romper la magia fascinante de aquel desconocido. No necesitaba saber de él, ni de sus razones.
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studió en el terminal las gestiones realizadas por su compañera, y asintió. Muy inteligente, pensó. Censo hizo trampa, y nosotros también.
L
evantó la vista hacia el ascensor gravitacional, y deseó que llegase el final de la jornada.
Y
unque se revolvió en su cama. Se había quedado dormido, y sus sueños eran una mala señal, pues hablaban de recuerdos.
«
Para algunas personas la vida es una eterna búsqueda. Para otras es una rutina eterna. Porque se han olvidado de buscar.»
«
El que siempre busca no tiene paz.»
«
Lo sé, Yunque, pero ¿la tiene el que no busca?»



Escrito: M X 19990811 (día del fin del mundo)

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4 comentarios en el blog:
    Hola! Gracias por visitar mi blog.
    Piensas hacer una novela con esto? Un cuento largo? Recién he leído la primera parte, por eso pregunto :)
    Me encantó tu foto "perdicionstar"
    Saludos
    Hola que tal?, me pareció interesante tu blog, espero venir más a menudo, saludos,

    JD
    Bienvenido. Echaré un vistazo a tu blog más tranquilamente después.
    Hola, que tal?, gracias por visitar!, gracias por los amables comentarios, saludos,

    JD