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espertó, Yunque, con el mar acunando sus oídos. Entumecido, se levantó y sacudió de su piel la arena y las cenizas.
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ando la espalda a su casa, frente a la que había dormido, contempló el mar mientras se estiraba. La calma del océano no se reflejaba en sus ojos. En sus ojos había amargura.
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espertó, Brocal, con el mar acunando sus oídos.
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o se oía el mar desde su alojamiento, pero el tiempo que llevaba solo y dedicado a sí mismo, a meditar, le hacía mezclar pasado y presente. Y pasados entre sí. Su vida más reciente, más querida y aún posible, con los años en la Armada de aquel planeta lejano y desintegrado en pequeños estados rivales que le vio nacer. El mar como principio y fin, en su mente hasta lo tangible.
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espertó, Duna, con el mar acunando sus oídos. Eran los sueños inducidos por las historias del extraño extranjero, que la mecían entre la placidez y el romanticismo. Sintiéndose confortada, se volvió hacia el reloj de la mesilla, y se acabó la paz. Iba a llegar tarde al trabajo. Zenith la mataría si no estaba a tiempo para el relevo.
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u minuto en la ducha y salió corriendo por el pasillo sin haber desayunado, hacia el ascensor gravitacional. En pocos segundos se situó en el nivel máximo. Siempre procuraba evitarlo, por lo desagradable que resultaba la sensación, igual que si estuviera cayendo. Y los tramos contra-gravedad eran aún peor.
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Brocal un minuto de ducha se le hacía más que escaso, ínfimo. Entendía lo limitada que estaba el agua dulce en el planeta gris. Pero había pasado meses bañándose y duchándose con agua de mar, y no entendía por qué su alojamiento no ofrecía la misma opción.
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e secó y se dirigió a la minúscula cocina. Como le gustaba cocinar y comer alimentos auténticos, se los había procurado. Preparó desayuno para tres. Le apetecía invitar a los descendedores, a los que llamaba sus anfitriones.
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o cierto es que nunca había hablado con el hombre, un joven de aspecto algo taciturno llamado Zenith, según le había dicho Duna. La relación que tenía con él , si podía llamarse así, era intuitiva, en cierto modo. Una especie de atracción mutua que sin embargo los mantenía distantes. Zenith no parecía tener interés en hablar con Brocal. Brocal no necesitaba hablar con Zenith. Pero había un elemento de mutua fascinación y comprensión. Y compartían su disfrute como viajeros gravitacionales.
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rocal se puso unos pantalones cortos y salió a dejar uno de los desayunos en el mostrador, para el descendedor. En ese momento, vio cómo Duna descendía directamente del nivel máximo del ascensor. Debía de llegar muy apurada de tiempo, porque nunca le había visto hacer algo así. Y de hecho había realizado la maniobra con miedo, torpeza, y una total falta de técnica. Poniendo su vida en un serio peligro.
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una no necesitaba que Brocal le dijera que no debería hacer aquello si no sabía. Pero no se molestó de todas formas. El hombre blanco era amable incluso reprendiéndola. Hasta se había ofrecido para enseñarla.
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l había sido viajero comercial en un planeta tan desarrollado que disponía de ascensores gravitacionales para conectar los distintos núcleos de población. Un planeta en el que se habían eliminado por completo los deslizadores. Y había llegado a competir en carreras informales. Pero para ella el ascensor era sólo un mal necesario. No tenía el menor interés en aprender técnica de viaje.
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aún así, se daba cuenta de lo mucho que había aprendido de Brocal simplemente de verle viajar. Dos meses atrás, no se le hubiera ocurrido bajar del nivel máximo con la maniobra de emergencia. Hubiese preferido arriesgarse a que Zenith cometiera un error por exceso de tiempo, lo que podría haber supuesto el despido para ella.
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escartó todo de su mente para relevar a Zenith, sólo un minuto más tarde de lo debido.
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enith salió al mostrador, y vio alejarse al viajero, como solía nombrarle en su mente, en dirección a su alojamiento. Reparó entonces en el desayuno auténtico que había dejado para él en el mostrador. Sonrió levemente, agradecido.
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ciertamente le estaba agradecido al viajero por muchos motivos. Porque nunca había necesitado hablarle. Porque verle subir y bajar del ascensor le había ayudado a perfeccionar su técnica. Porque seguía allí, dos semanas después de que se hubiese marchado la nave que le había vendido un pasaje, perdiendo dinero con ello. Porque de ese modo no le había privado a él, ni a su compañera descendedora, ni al resto de la ciudad ni al resto del planeta de su misteriosa presencia. Y porque seguía siendo fascinante, y le parecía como si ya se conocieran, de aquel modo, sin haberse llegado jamás a hablar.
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ero, sin entender por qué, aquel desayuno le supo a despedida.
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unque llevaba un rato en pie, sin moverse, observando el mar que hoy se le antojaba melancólico. Desde que se marchara Brocal, pensaba, el mar se había vuelto más triste y gris que nunca. Y el aire gris se empeñaba en ahogarle, y su casa nueva...
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u casa nueva le sabía a despedida, y le asfixiaba con sus comodidades. Pero su estómago estaba ya protestando, así que entró a prepararse el desayuno. Alimento para el cuerpo porque su alma no quería alimento. Estaba herida, y la herida no se cerraba ni dejaba de sangrar, despacio y en silencio. Con la calma con que fluyen las mareas.
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rocal estaba en su alojamiento. Se había vuelto a quitar los pantalones y estaba terminando el desayuno. Eliminó los desperdicios y se vistió ahora del todo, con ropa nueva, comprada en la ciudad. Acababa la hora de Duna. Zenith ya debía estar regresando a su terminal. Así que salió a llevarle su desayuno a la mujer.
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una no podía dejar de agradecérselo. No había desayunado esa mañana, con las prisas. Le agradaba esta joven, amable y conversadora. Se interesaba por sus historias, por su pasado lleno de variedad y aventuras. Y le hablaba también de su vida, algo monótona, pero satisfactoria para ella. A Brocal se le hacía extraño que, trabajando juntos, Duna y Zenith fueran tan distintos y se conocieran tan poco. Pero no era ilógico, puesto que cuando uno descansaba el otro trabajaba, y de hecho Duna entraba y salía una hora después que su compañero de turno.
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ientras hablaban la mente de Brocal estaba en otro lugar. Pensaba que quizás esta hora de descanso sería la última que compartirían. Su estancia en la ciudad, en el espaciopuerto, había sido tiempo dedicado a la reflexión; recuerdos y replanteamiento de toda su vida. O, más bien, de todas sus vidas.
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ar. Calma. Guerra. Ascensores. Economía. Leyes. Exploración. Aventura. Dinero. Soledad. Prosperidad. Luz. Y sombra. Un planeta detrás de otro en busca de algo que nunca había sido capaz de definir. Y cada vez más se preguntaba si a base de buscar había terminado de perder de vista su meta. Si no habría encontrado su destino incluso más de una vez, y su alma miope se había empeñado en ignorarlo.
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ra un pensamiento desagradable que su mente rechazaba con el argumento de la rutina. La rutina era para su alma el animal despiadado que anulaba la vida. Pero quizás la solución no era escapar, una y otra vez, sino destruirla desde dentro.
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na cuestión que apenas se había planteado en el pasado. Y que ahora volvía y volvía, sobre todo a través de la vida de Duna, cuyas rutinas nunca eran Rutina. Porque ella sabía renovarlas cada día, cada instante, y así vivir cada momento como único, esencial, pura vida.
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i la rutina es tu cáncer, sé tú su cáncer, venía a decir con el ejemplo de su estilo de vida. Construye tu amor cada día, nuevo, mayor y radiante. Era una máxima de su religión.
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l tiempo de la mente no es tiempo de acción, y Brocal había dejado que las decisiones anteriores quedasen borradas, para que las nuevas se pudieran gestar en su conciencia, reflexiva y lentamente. Sin darse cuenta. Y sin darse cuenta había dejado ir la nave que le habría alejado del planeta gris, de la vida y color de su mar, de la desolación de sus playas, de Yunque.
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una agradecía el desayuno, justo hoy que no había desayunado, y disfrutaba de la conversación con Brocal. Era un hombre con vida y con cultura, siempre buen conversador y siempre interesante. Y sabía escuchar.
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in embargo, esta mañana no se sentía del todo cómoda. Era como si el extranjero no estuviera allí, aunque en ningún momento perdiera el hilo de sus palabras.
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a era la hora de volver a su terminal, y el adiós del hombre blanco no le sonó a hasta luego. Duna se sintió triste al atravesar la puerta. Cambiaba la marea y se llevaba con ella aquella amistad reciente y preñada de apasionantes historias que a menudo le sonaban a ficción. Que creía a pies juntillas sólo porque los labios de Brocal eran como un alma desnuda, imposibilitada para mentir.
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abía aprendido mucho pero esta lección no la quería aprender. Había comenzado a querer a aquel hombre; pero no lo suficiente como para dejarlo marchar sin más. Le dolía pensar que alguien le esperaba fuera, en las playas del planeta gris. Él nunca había hablado de eso, y sin embargo había algo en su mirada, en su voz y en su extrañas decisiones que para Duna no dejaba lugar a dudas.
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e querría más. Era tiempo de dejarle marchar.
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unque había salido a pescar. Sin ilusión. De un modo rutinario. Antes de Brocal, el mar, el buceo y la pesca nunca le habían parecido rutinas. Y con Brocal tampoco.
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ntonces un maravilloso mamífero marino, tan grande como él y sin duda más pesado, atravesó las aguas frente a sus ojos. Su piel lisa y brillante era irisada, conteniendo toda la gama de los colores cálidos. Y sus ojos eran enormes y expresivos.
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urante un segundo, Yunque se olvidó de contener la respiración. Subió a la superficie tosiendo.
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abía dejado que la vida pasara frente a él, sangrando su herida. Pero a él correspondía cerrarla y volver a comprender y maravillarse con los milagros del mar. Esa vivencia solitaria que él había elegido.
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maba a aquel animal increíble. Amar era su modo de vivir y comprender y admirar. Y decidió que era hora de dejar ir de su corazón a Brocal, precisamente porque le amaba. Porque al mantenerlo allí donde no quería estar, cerraba la puerta para todo lo demás.
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enith salió al mostrador masajeándose los ojos. Había sido una hora muy dura, por culpa de un error de cálculo de Duna. Corregirlo, coordinarlo con el resto de trayectorias y horarios y así evitar un costoso accidente había sido toda una hazaña contra-reloj. Pero no la culpaba. Si él sabía que la estancia del viajero en el espaciopuerto había terminado, ella debía de saberlo también. Y probablemente le dolería más, puesto que le daba la sensación de que aquellos dos extraños estaban muy unidos.
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io cómo Brocal se dirigía a su alojamiento. Vio como poco después volvía a salir, vestido con la ropa con la que llegó semanas atrás. Vio cómo guardaba todas sus pertenencias en la misma taquilla de la que las había sacado entonces.
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l viajero le miró diciendo adiós sin palabras. Zenith respondió con su mirada. Y admiró el fantástico estilo de aquel misterioso hombre blanco que se iba igual que había llegado, incorporándose al nivel máximo del ascensor gravitacional.
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unque llegó a la playa después de bucear toda la mañana, con una tranquila sonrisa en los labios y sin haber pescado nada. Su alma estaba limpia. El cielo gris tenía una nueva luz.
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ientras lo observaba, vio cómo un deslizador se acercaba desde el horizonte, levantando ceniza y arena a su paso, pues su suspensión estaba tan deteriorada que en algunos tramos llegaba a rozar el suelo.
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su corazón se alegró aún más. En cierto modo, sentía que había tenido que acabar un capítulo para comenzar a leer el siguiente. Había dicho adiós a Brocal. Para poder decirle ahora hola, y que todo fuera nuevo. Cada día.
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Una vez estudié economía. Aprendes cómo la realidad puede resumirse en oferta y demanda. El que busca demanda. El que demanda no tiene nada que ofrecer. Y por eso el que busca nunca está satisfecho, y nunca encuentra. El que encuentra debe aprender a ofrecer. El que ofrece encuentra algo nuevo siempre, lo da, se da, y tiene paz. Y yo te encuentro ahora y desde ahora en cada instante, si quieres recibirme.»
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